No para de llover. La casa cubierta de ropa que tendida no secaba ni a tiros ni a caricias: camisetas colgando de las sillas, calcetines en el tendal portátil que cuelga de la mampara del baño, jerseys en perchas enganchadas a pomos que abren puertas de armarios con ropa seca. La lluvia bien para volver a casa y descalzarse, lanzar miradas furtivas a la gente maldiciendo, tirar fotos a las extremidades de las cosas mojadas. La lluvia mal para tender la ropa.

A pesar de la tos y la garganta inflada no puedo dejar de fumar algún que otro cigarro para dar consistencia a la lluvia tras la cristalera, crear escenas melancólicamente burdas. Coj, coj, fuuuh, -suspiro, coj. coj, coj.

Llueve y la gente nunca se acostumbra, a pesar de que todos los años se repite la misma escena. Voy a comprar: Cómo llueve, eh, llegaron las estaciones pasadas por agua definitivamente -yo-. No sé de qué se extraña la gente, estamos en Asturias. Aquí llueve. - la tendera-.
Y tiene razón, no sé por qué decimos tantas tonterías.