Salgo a combatir el frío con mi cámara de fotos, la vieja, para dejar constancia de lo pronto que el sol se viene abajo y de que me resisto a cambiar mis bioritmos al son de la naturaleza: soy una persona artificial, como Risketos y tengo un forro polar que para sí lo quisiera un oso idem.

He perdido mano de diafragma aunque esto es como andar en bici y poco a poco el atardecer temprano y las señoras abrigadas con visones sintéticos y paraguas desmadejados son pasto de mi reflex. Me adapto a la cámara y tiro ocho o nueve fotos en media hora, yo también soy un poco analógico y al llegar a casa tomo nota de cada una en mi cuadreno de fotos sin fotos. Pasado mañana toca sesión digital desde casa y en casa, con la calefacción abrigandome el alma y mi compañero hurgando sobre mi hombro y haciendo sugerencias, todo hay que decirlo, apropiadas.
Esto de romper una relación potencia las habilidades aparcadas de una manera impresionable, sobre todo cuando todo el mundo está en casa y los teléfonos hierven y el café se toma en la soledad más caliente.