¿Existe algo más hermoso que una mujer en albornoz y sin calcetines?
La vemos abrir la persiana y echar un vistazo a ver qué tiempo hace; se ducha mientras sube el café, se pone las bragas y las medias, se mira al espejo, termina de vestirse, desayuna y mira a su marido que se retuerce soñando con alguien. Cierra la puerta con expresión desanimada y sale a la calle con un cigarro en los labios de la boca.

Al entrar en la oficina da los buenos días cuatro veces, ordena contratos, entrevista a gente y hace las llamadas pertinentes. A la hora de café comenta con una compañera el fin de semana y los recortes de plantilla, se asustan un poco y vuelven a sus mesas.

Al llegar a casa no hay nadie, así que recoge los restos del desayuno, se ducha y se cubre con un albornoz, concierta una caña y habla con su amante mientras enreda su dedo pulgar en el cable del teléfono.
Recostada en el sofá mira al presentador del Telediario, que se queda embobado con su imagen y empieza a tartamudear. Se levanta y apaga la televisión, coge un libro y a los cinco minutos lo arroja por la ventana, prepara la cena para una, recoge todo, se viste. En la habitación busca lo imprescindible, hace la maleta, añade el albornoz, escribe una nota que pega en el espejo con celofán y mira el reloj. Las ocho y media, y yo con estos pelos, piensa ¿Hay algo más hermoso?