Mirando al mar con un dedo largo, la escultura de Ramón Muriedas tiene una placita sin bancos para ella sola. Un lugarcito para mirar la ciudad y la mar desde fuera, centro de la distancia, los atardeceres de sol bajo y nubes rotundas. Sitio de coincidencia de conocedores de lo bueno que se solapan mirando al mismo sitio, con la mamá del emigrante haciendo de mamá de todos ellos, con la sensación de soledad y familia encima durante media hora.



